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Hablar de la obra de Miguel Isla resulta, al menos, aventurado, ya que sobre sus esculturas podemos afirmar que recoge la tradición de lo contemporáneo y el saber vernáculo –cuyas raíces se encuentran en las geometrías vacías de Oteiza y en el movimiento de la línea y el retorcimiento del plano de Chillida-.

Así, Isla retoma la esencia de ambos escultores y proyecta su propio lenguaje más allá del material utilizado. Construye con hierros, bronces, piedras o papeles, elaborando un nuevo discurso lleno de sutilezas y matices donde plantea un nuevo lenguaje plástico de alcance internacional, universal.

En este saber hacer, encontramos al Miguel Isla artista, auténtico, cuyas propuestas llenas de armonía y elaboradas con una sinceridad primigenia nos transportan al centro, al origen, al fuego inagotable de la creación artística. Creador y manipulador de las formas, en las que la pasión del trabajo y el sufrimiento del hombre se convierten en belleza sublime. Las esculturas de esta exposición se engrandecen desde sus planteamientos más sencillos, más modestos.

Isla, renovador y artífice del panorama artístico actual, se sitúa por méritos propios en el centro neurálgico de los movimientos escultóricos que surgen y se dan a conocer. Artista que trabaja en soledad, en el silencio de su taller-estudio en el pequeño pueblo de Tudela de Duero de Valladolid, ha llevado este nombre desde la Castilla bañada por el río hasta los más lejanos países de Oriente –Corea, Japón…-.

La propuesta, a través de los papeles-escultoras que presenta en la galería La Maleta, da cumplida razón de todo lo que se afirma, elaborando el plano con los elementos mínimos de la forma y el color y alcanzando lo que universalmente se entiende por obra de arte.

Mariano Olcese.